El discurso de Wilson Ferreira
Todos los presentes en la cámara intuían que aquella sería la última sesión en mucho tiempo. Pronto, el presidente Bordaberry, aliado con los militares, fraguaría un golpe de estado. Aunque nadie quisiera creerlo. "Pero es que había casi la imposibilidad de creer que una cosa así nos podía pasar. Y allí había puesta una gran dosis de vanidad, de orgullo nacional. Nosotros nos creíamos inmunes. Creíamos que éramos distintos y mejores. Mirábamos a los argentinos y brasileños por arriba del hombro por sus caídas y recaídas en las dictaduras".
Los discursos de despedida y las frases acusatorias no tardaron en aparecer. De Amílcar Vasconcellos, al que hubo que calmar mientras decía que se iba a defender hasta las últimas consecuencias, fue el siguiente discurso:
Hay triunfadores efímeros que las hojas del viento desparraman y se olvidan hasta del odio de los pueblos. Ellos se sentirán vencedores y muchos serviles y miserables se acercarán para decorar una situación momentánea, pero ya sentirán también el látigo de la historia sobre sus hombros y el de sus hijos como una mancha indeleble por la inmensa traición que están cometiendo contra el Uruguay. Y de esto, señor presidente, no los salvará absolutamente nadie. Contra esto, nadie puede defenderse.
En el filo del cambio de día, Wilson, gesticulando, moviendo la cabeza, quitándose las gafas y volviéndoselas a poner en un gesto de disimulada angustia, separando las palabras con los silencios propios de quien disfruta pronunciándolas, dijo lo siguiente:
Señor Presidente: a lo largo de todo el día de hoy, circularon persistentes rumores que luego terminaron transformándose casi en noticia, según los cuales estaría a punto de culminar -si es que no ha culminado ya- un triste proceso que finalizaría con la violación, por parte de Juan María Bordaberry, de sus juramentos constitucionales y un asalto a las instituciones y a las libertades públicas.
Si eso llegara a confirmarse, como mucho tememos que ocurra, habría que decir -como es corriente en estos casos- que a Bordaberry y a sus cómplices los juzgará la historia. Y esto es verdad. Pero debe agregarse que antes, éste, nuestro pueblo oriental de hoy, va a exigir responsabilidad y hacerla efectiva contra los responsables del atentado y sus cómplices.
Si ello llegara a confirmarse, señor Presidente, nuestro Partido Nacional se considerará en guerra contra el señor Juan María Bordaberry, enemigo de su pueblo. Los señores senadores me permitirán que yo, a pesar de que la hora exige emprender la restauración republicana como una gran empresa nacional, haga una invocación que me resulta ineludible, a la emoción más intensa que dentro de nuestra alma alienta, y perdonarán que antes de retirarme de la sala, arroje al rostro de los autores de este atentado el nombre de su más radical e irreconciliable enemigo, que será, no tengan la menor duda, el vengador de la República: el Partido Nacional.
¡Viva el Partido Nacional!
He visto este vídeo mil veces. "¡Viva!", respondieron todos los que estaban detrás suyo. Alguien se dejó la garganta repitiendo un único grito: "¡Bien, Wilson! ¡Bien, Wilson!". En medio de los aplausos, un joven que no soy capaz de identificar lo abrazó como si no lo pudiera soltar. Pero Ferreira debía irse rápido: él y sus allegados sabían que existía una orden de captura esperándolo en algún despacho.
Rodeado, en medio de esa ruidosa masa humana, sintió que alguien lo tomaba del brazo. Vio una mano, y luego la manga de un uniforme policial. Sin pensárselo dos veces, buscó en el bolsillo la pistola que llevaba para defenderse. Cuando la sacó, el policía le dijo: "¿Tiene dónde ir, senador?, porque mi casa es muy humilde, pero allí a nadie se le va a ocurrir ir a buscarlo".
Lo acompañó hasta la calle. Allí se toparon con centenares de personas que lo esperaban para animarlo. Un joven le dijo: "Senador, no salga en su auto, lo van a detener". El senador obedeció y se montó junto a su esposa en un coche que no era el suyo. Su hijo, subido al automóvil de su padre, se encargó de que la gente gritara como si él estuviera dentro para despistar a los militares que, seguramente, los seguían.
Cuatro días después, Wilson y su mujer escaparon en una avioneta hacia Argentina. Allí, apretándole la cabeza contra el suelo para que no se levantara y evitar ser vistos por nadie, camino de un exilio de once años, le gritó: "¡No me podrás decir que te he dado una vida aburrida!".


