Como el lector puede apreciar, el dibujo que acompaña la cabecera de esta bitácora es una máquina de escribir. Pero no elegí esta imagen por un apego fanático hacia estos aparatos y, para ser francos, nunca he tecleado en otra cosa que no sea un ordenador. La máquina de escribir, en realidad, es un símbolo de aquella literatura que aún no era un negocio; un homenaje a aquellos escritores que se sentaban frente al que solía ser su mejor amigo para recrearse lentamente en cada una de las letras de la frase, sintiendo la presencia del papel frente a sus cabezas. Escuchando el repiqueteo de cada tecla y cayendo en un trance similar al que nuestros antepasados más lejanos accedían con el ruido de los tambores bajo la misteriosa luz de las estrellas.
Oficialmente, la máquina de escribir murió en 2011, cuando la Godrej and Boyce de Bombay, el último fabricante, decidió cerrar sus puertas. Aún así, en la India se siguen utilizando, no por ningún tipo de romanticismo, sino por la falta de electricidad.
La máquina de escribir fue durante mucho tiempo el compañero silencioso del escritor. Carlos Fuentes no podía presumir de su habilidad en el arte de la mecanografía: escribía sólo con el índice de la mano derecha, mientras la izquierda sostenía el cigarrillo que no podía faltarle durante el proceso. Si nos remontamos a las últimas décadas del siglo XIX, encontramos el caso de Nietzsche. Tal y como lo explica Nicholas Carr, tras comprarse una:
La prosa de Nietzsche se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina (su “hierro”), en virtud de algún misterioso mecanismo metafísico, se transmitiera a las palabras impresas de la página.
Incluso llegó a dedicarle una oda:
Como yo, estás hecha de hierro mas eres frágil en los viajes. Paciencia y tacto en abundancia, Con dedos diestros, exigimos.
Con la máquina de escribir no se dependía de nada más: ni de la impresora que se atasca, ni del archivo que se elimina repentinamente. En cuanto a mí, puedo asegurarles que este texto ha sido concebido enteramente a mano, con el brillo de la pantalla del ordenador inundando la hoja. No se crean que soy un bicho raro:
Juan Carlos Onetti, el dueño del estilo más impactante de las letras hispánicas, hacía lo mismo que yo.