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Jamás leí a Onetti

Jamás leí a Onetti, un documental de Pablo Dotta

Cada cierto tiempo me gusta compartir con ustedes algún vídeo de los muchos que me voy encontrando por ahí, y hoy, como últimamente el trajín y las obligaciones de la vida cotidiana me impiden escribir algo de calidad, he decidido recomendarles Jamás leí a Onetti, un documental de Pablo Dotta que retrata de una manera muy efectiva al existencialista más importante de las letras hispánicas; el autor de novelas como Los adioses y El astillero, y el escritor que vivía tirado en la cama porque la vida tenía muy poco que ofrecerle. Les aseguro que, después de comenzar la reproducción, no podrán apartar la vista de la pantalla, sometidos al poder de la curiosidad que diferencia a un ser humano de un robot.


Por último, si les ha gustado mi humilde aportación, sólo quería pedirles que me echaran un cable compartiéndola en las redes sociales con los botones de más abajo para que sus amigos puedan disfrutarla también y, ya de paso, matemos dos pájaros de un tiro contribuyendo en la difusión de esta bitácora. Muchísimas gracias a todos.

Dijo el cuervo: "Nunca más"

Foto de Edgar Allan Poe

Cuando uno mira fijamente los ojos de un personaje retratado en una foto antigua, es casi inevitable que fantasee con su existencia, permitiendo por un segundo a la imaginación hacer de lógica. La vida inventada de aquellos hombres, tan lejanos como el tiempo, se reconstruye en nuestra mente de la misma manera en que unas células descontroladas se expanden por el cuerpo para crear un cáncer. Los ojos de Edgar Allan Poe, confirmando la reflexión antes escrita, nos introducen en una atmósfera de misterio, revelándonos la vida de un poeta acosado por el terror y la muerte.

Corría el año 1849, y las heridas de Poe intentaban cicatrizar. Su esposa Virginia había muerto de tuberculosis; moribunda, había desaparecido frente a él como las mujeres que poblaban sus relatos. Para asegurarse un casamiento que nunca se produjo, había prometido dejar de beber. Pero la destrucción no lo había abandonado: vivía encerrado en su casa, escribiendo, quizá dejando de existir. Hasta que empezó a viajar de un lugar a otro, quién sabe por qué. "Llegué aquí con dos dólares", le escribió a su suegra, "de los cuales te mando uno. ¡Oh, Dios, madre mía! ¿Nos veremos otra vez? ¡Oh, VEN si puedes! Mis ropas están en un estado tan horrible y me siento tan mal...". Lo encontraron en Baltimore, delirando, tirado en el suelo, vestido con las ropas que él mismo describió. En el hospital donde lo encerraron, cuentan que no paraba de susurrar el nombre de su esposa y de alguno de sus personajes. Murió tres días después, el 7 de octubre, a causa de una "inflamación cerebral", según los periódicos de la época.

Lo enterraron un día después, su cadáver metido en un ataúd barato. La lápida que su primo había comprado se rompió antes de poder usarla. Asistieron a la ceremonia unos pocos conocidos, que no se dignaron ni a pronunciar unas últimas palabras. El sermón del reverendo que lo despidió duró unos escasos tres minutos.

Borges y el Nobel

Jorge Luis Borges

En octubre de 2010, poco después de saberse ganador del Premio Nobel, Mario Vargas Llosa dijo a un periódico de su país: "Me da vergüenza recibir el premio que no le dieron a Borges". Efectivamente, el escritor más importante del siglo XX nunca fue honrado con una merecida recompensa por su trabajo. Fueron años esperando un galardón que nunca llegó. Según el investigador Alejandro Vaccaro en El señor Borges, cada mes de octubre, ante una nueva decepción, con los periodistas en la puerta, decía:

-Si me lo dan sería inmerecido. Pero yo quiero que me lo den.

Para comprender la injusticia de un jurado que no le fue favorable, hemos de remontarnos al año 1964, cuando acudió a una cena con escritores suecos en la ciudad de Estocolmo. Artur Lundkvist, uno de los invitados, recitó un poema, y el escritor argentino, por lo bajo, lo ridiculizó ante los comensales. Lundkvist, que acabó enterándose de todo, se convirtió años después en uno de los miembros más influyentes de la Academia Sueca. Y por si esto fuera poco, acabó sumándose un segundo motivo: una visita a Chile en los tiempos de Augusto Pinochet. El crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, en su biografía autorizada, explica que en 1976 “ya había sido elegido a medias con Vicente Aleixandre, el poeta surrealista español, para el premio Nobel, cuando una visita intempestiva a Santiago de Chile, para aceptar una medalla de Pinochet, decidió a la Academia a borrar cuidadosamente su nombre”.

Borges recibió un Doctorado Honoris Causa de manos del dictador más sanguinario de Sudamérica. Y para más inri, su discurso aquel 22 de septiembre fue éste:

Yo declaro preferir la espada, la clara espada a la furtiva dinamita […] Mi país está emergiendo de la ciénaga, creo con felicidad […]. Ya estamos saliendo, por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esa ciénaga. Y aquí tenemos: Chile esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada.

El mismo día, en Estados Unidos, la policía secreta del régimen eliminaba a Orlando Letelier, antiguo canciller del gobierno de Allende. Una excusa para Lundkvist, que en 1980 diría: "La Academia Sueca nunca le dará el Nobel a Borges". Cinco años después, reconciliado con la derrota, éste afirmaría en una entrevista:

La inteligencia de los europeos se demuestra por el hecho de que jamás me hayan dado el Premio Nobel. ¿Sabe usted por qué? No hay escritor más aburrido que yo. Es una gran equivocación que la gente me lea, porque ni a mí mismo me gusta lo que escribo y por eso ni yo mismo me leo, nunca me he leído. Todo lo que he escrito, todo, no pasan de ser borradores; ¡borradores!, papeles sueltos. No entiendo a las personas. Y por ejemplo en esta biblioteca que usted ve ahí, no tengo libros míos. ¿Para qué?

Según Alicia Jurado, amiga de Borges, "lo importante no es tener el Nobel, sino merecerlo". Yo, con toda sinceridad, estoy de acuerdo con ella.

La muerte de Pablo Neruda

Salvador Allende pronunciando un discurso

El 11 de septiembre de 1973 a las nueve y diez de la mañana, Salvador Allende pronuncia en la radio el último discurso de su vida:

Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo (...). Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria (...). Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Al mediodía, el Palacio de la Moneda es bombardeado y Allende, sitiado, se despide de sus colaboradores, que se apresuran a salir del edificio; los golpistas no tardan en penetrar en el palacio presidencial y éste, como bien había anticipado, acaba muerto.

Pablo Neruda, el poeta más importante de su país, probablemente escuchara a su amigo a través del transistor. A causa de su enfermedad, pesaba cerca de cien kilos: por culpa del cáncer, según los médicos, no le quedaba ni un año de vida. La versión oficial asegura que la angustia agravó su problema.

Pablo Neruda
Tres días después, Neruda acabó sus memorias. Y el día 16, el embajador de México, Gonzalo Martínez, le ofreció el asilo. El escritor aceptó: para protegerle, se hizo correr el rumor de que estaba grave.

Manuel Araya Osorio, su chófer en aquel momento, asegura que su ingreso en la Clínica de Santa María fue efectuado simplemente para mantenerlo a salvo.

Para resguardarlo, Neruda viajó en ambulancia el día 19. Iba acompañado de su señora. Yo, de cerca, los seguía en un Fiat 125. El trayecto, que normalmente se realizaba en dos horas, se prolongó hasta seis. Los militares nos detenían una y otra vez en búsqueda de armamento. Fue muy humillante.

La huida estaba prevista para el día 22. Pero en el último momento, Neruda la pospuso hasta el 24. Según el embajador:

No vi gran diferencia en él entre los primeros días que lo conocí y los últimos que lo visité en el hospital. Lo conocí ya como un hombre enfermo, pero no llegó a estar en los huesos.

Un día después, Araya recibió una llamada del enfermo: le pidió que regresara a Santiago porque se sentía muy mal: un médico, mientras dormía, le había puesto una inyección. Según su testimonio, al llegar al hospital y ver a su jefe enormemente hinchado, uno de los médicos le pidió que fuera a por un medicamento que, extrañamente, sólo podía encontrarse en la periferia de la ciudad. Durante el viaje, dos coches interceptaron su vehículo y un grupo de hombres lo arrastró fuera; tras una paliza y un disparo en el brazo, se lo llevaron a un centro de detención. A las diez y media de la noche, solo con su mujer, Neruda murió. Y la pregunta es: ¿era esa inyección una sustancia preparada por la dictadura para matarlo? De momento, sus restos ya han sido exhumados para intentar aclarar esta historia. Pero, probablemente, nunca lo lleguemos a saber.

Desvaríos sobre la máquina de escribir

Máquina de escribir

Como el lector puede apreciar, el dibujo que acompaña la cabecera de esta bitácora es una máquina de escribir. Pero no elegí esta imagen por un apego fanático hacia estos aparatos y, para ser francos, nunca he tecleado en otra cosa que no sea un ordenador. La máquina de escribir, en realidad, es un símbolo de aquella literatura que aún no era un negocio; un homenaje a aquellos escritores que se sentaban frente al que solía ser su mejor amigo para recrearse lentamente en cada una de las letras de la frase, sintiendo la presencia del papel frente a sus cabezas. Escuchando el repiqueteo de cada tecla y cayendo en un trance similar al que nuestros antepasados más lejanos accedían con el ruido de los tambores bajo la misteriosa luz de las estrellas.

Oficialmente, la máquina de escribir murió en 2011, cuando la Godrej and Boyce de Bombay, el último fabricante, decidió cerrar sus puertas. Aún así, en la India se siguen utilizando, no por ningún tipo de romanticismo, sino por la falta de electricidad.

La máquina de escribir fue durante mucho tiempo el compañero silencioso del escritor. Carlos Fuentes no podía presumir de su habilidad en el arte de la mecanografía: escribía sólo con el índice de la mano derecha, mientras la izquierda sostenía el cigarrillo que no podía faltarle durante el proceso. Si nos remontamos a las últimas décadas del siglo XIX, encontramos el caso de Nietzsche. Tal y como lo explica Nicholas Carr, tras comprarse una:

La prosa de Nietzsche se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina (su “hierro”), en virtud de algún misterioso mecanismo metafísico, se transmitiera a las palabras impresas de la página.

Incluso llegó a dedicarle una oda:

Como yo, estás hecha de hierro mas eres frágil en los viajes. Paciencia y tacto en abundancia, Con dedos diestros, exigimos.

Con la máquina de escribir no se dependía de nada más: ni de la impresora que se atasca, ni del archivo que se elimina repentinamente. En cuanto a mí, puedo asegurarles que este texto ha sido concebido enteramente a mano, con el brillo de la pantalla del ordenador inundando la hoja. No se crean que soy un bicho raro: Juan Carlos Onetti, el dueño del estilo más impactante de las letras hispánicas, hacía lo mismo que yo.

El manifiesto

Retrato de Charles Baudelaire

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2. En nuestra época contemporánea, aparentar es siempre mejor que ser. Espacio cultural, por llevar la contraria, pretende ser más culto que cultureta. Siendo así, Espacio cultural ama la democracia y el orden establecido.

3. La cultura, según la RAE, es el: "conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico". Espacio cultural no se ciñe ni a esta definición ni a ninguna otra.

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