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Jamás leí a Onetti

Jamás leí a Onetti, un documental de Pablo Dotta

Cada cierto tiempo me gusta compartir con ustedes algún vídeo de los muchos que me voy encontrando por ahí, y hoy, como últimamente el trajín y las obligaciones de la vida cotidiana me impiden escribir algo de calidad, he decidido recomendarles Jamás leí a Onetti, un documental de Pablo Dotta que retrata de una manera muy efectiva al existencialista más importante de las letras hispánicas; el autor de novelas como Los adioses y El astillero, y el escritor que vivía tirado en la cama porque la vida tenía muy poco que ofrecerle. Les aseguro que, después de comenzar la reproducción, no podrán apartar la vista de la pantalla, sometidos al poder de la curiosidad que diferencia a un ser humano de un robot.


Por último, si les ha gustado mi humilde aportación, sólo quería pedirles que me echaran un cable compartiéndola en las redes sociales con los botones de más abajo para que sus amigos puedan disfrutarla también y, ya de paso, matemos dos pájaros de un tiro contribuyendo en la difusión de esta bitácora. Muchísimas gracias a todos.

El discurso de Wilson Ferreira

Wilson Ferreira: discurso en el senado el 26 de junio de 1973.

La noche del 26 de junio de 1973, Wilson Ferreira Aldunate, tras un acto público, entró al Senado de la República uruguayo. Dos años antes había sido derrotado en unas elecciones más que dudosas. Nixon diría después que "los brasileños ayudaron a manipular las elecciones uruguayas", pero eso es otra historia.

Todos los presentes en la cámara intuían que aquella sería la última sesión en mucho tiempo. Pronto, el presidente Bordaberry, aliado con los militares, fraguaría un golpe de estado. Aunque nadie quisiera creerlo. "Pero es que había casi la imposibilidad de creer que una cosa así nos podía pasar. Y allí había puesta una gran dosis de vanidad, de orgullo nacional. Nosotros nos creíamos inmunes. Creíamos que éramos distintos y mejores. Mirábamos a los argentinos y brasileños por arriba del hombro por sus caídas y recaídas en las dictaduras".

Los discursos de despedida y las frases acusatorias no tardaron en aparecer. De Amílcar Vasconcellos, al que hubo que calmar mientras decía que se iba a defender hasta las últimas consecuencias, fue el siguiente discurso:

Hay triunfadores efímeros que las hojas del viento desparraman y se olvidan hasta del odio de los pueblos. Ellos se sentirán vencedores y muchos serviles y miserables se acercarán para decorar una situación momentánea, pero ya sentirán también el látigo de la historia sobre sus hombros y el de sus hijos como una mancha indeleble por la inmensa traición que están cometiendo contra el Uruguay. Y de esto, señor presidente, no los salvará absolutamente nadie. Contra esto, nadie puede defenderse.

En el filo del cambio de día, Wilson, gesticulando, moviendo la cabeza, quitándose las gafas y volviéndoselas a poner en un gesto de disimulada angustia, separando las palabras con los silencios propios de quien disfruta pronunciándolas, dijo lo siguiente:

Señor Presidente: a lo largo de todo el día de hoy, circularon persistentes rumores que luego terminaron transformándose casi en noticia, según los cuales estaría a punto de culminar -si es que no ha culminado ya- un triste proceso que finalizaría con la violación, por parte de Juan María Bordaberry, de sus juramentos constitucionales y un asalto a las instituciones y a las libertades públicas.
Si eso llegara a confirmarse, como mucho tememos que ocurra, habría que decir -como es corriente en estos casos- que a Bordaberry y a sus cómplices los juzgará la historia. Y esto es verdad. Pero debe agregarse que antes, éste, nuestro pueblo oriental de hoy, va a exigir responsabilidad y hacerla efectiva contra los responsables del atentado y sus cómplices.
Si ello llegara a confirmarse, señor Presidente, nuestro Partido Nacional se considerará en guerra contra el señor Juan María Bordaberry, enemigo de su pueblo. Los señores senadores me permitirán que yo, a pesar de que la hora exige emprender la restauración republicana como una gran empresa nacional, haga una invocación que me resulta ineludible, a la emoción más intensa que dentro de nuestra alma alienta, y perdonarán que antes de retirarme de la sala, arroje al rostro de los autores de este atentado el nombre de su más radical e irreconciliable enemigo, que será, no tengan la menor duda, el vengador de la República: el Partido Nacional.
¡Viva el Partido Nacional!


He visto este vídeo mil veces. "¡Viva!", respondieron todos los que estaban detrás suyo.  Alguien se dejó la garganta repitiendo un único grito: "¡Bien, Wilson! ¡Bien, Wilson!". En medio de los aplausos, un joven que no soy capaz de identificar lo abrazó como si no lo pudiera soltar. Pero Ferreira debía irse rápido: él y sus allegados sabían que existía una orden de captura esperándolo en algún despacho.

Rodeado, en medio de esa ruidosa masa humana, sintió que alguien lo tomaba del brazo. Vio una mano, y luego la manga de un uniforme policial. Sin pensárselo dos veces, buscó en el bolsillo la pistola que llevaba para defenderse. Cuando la sacó, el policía le dijo: "¿Tiene dónde ir, senador?, porque mi casa es muy humilde, pero allí a nadie se le va a ocurrir ir a buscarlo".

Lo acompañó hasta la calle. Allí se toparon con centenares de personas que lo esperaban para animarlo. Un joven le dijo: "Senador, no salga en su auto, lo van a detener". El senador obedeció y se montó junto a su esposa en un coche que no era el suyo. Su hijo, subido al automóvil de su padre, se encargó de que la gente gritara como si él estuviera dentro para despistar a los militares que, seguramente, los seguían.

Portada del diario El País de Montevideo del 27 de junio de 1973

Cuatro días después, Wilson y su mujer escaparon en una avioneta hacia Argentina. Allí, apretándole la cabeza contra el suelo para que no se levantara y evitar ser vistos por nadie, camino de un exilio de once años, le gritó: "¡No me podrás decir que te he dado una vida aburrida!".

Dijo el cuervo: "Nunca más"

Foto de Edgar Allan Poe

Cuando uno mira fijamente los ojos de un personaje retratado en una foto antigua, es casi inevitable que fantasee con su existencia, permitiendo por un segundo a la imaginación hacer de lógica. La vida inventada de aquellos hombres, tan lejanos como el tiempo, se reconstruye en nuestra mente de la misma manera en que unas células descontroladas se expanden por el cuerpo para crear un cáncer. Los ojos de Edgar Allan Poe, confirmando la reflexión antes escrita, nos introducen en una atmósfera de misterio, revelándonos la vida de un poeta acosado por el terror y la muerte.

Corría el año 1849, y las heridas de Poe intentaban cicatrizar. Su esposa Virginia había muerto de tuberculosis; moribunda, había desaparecido frente a él como las mujeres que poblaban sus relatos. Para asegurarse un casamiento que nunca se produjo, había prometido dejar de beber. Pero la destrucción no lo había abandonado: vivía encerrado en su casa, escribiendo, quizá dejando de existir. Hasta que empezó a viajar de un lugar a otro, quién sabe por qué. "Llegué aquí con dos dólares", le escribió a su suegra, "de los cuales te mando uno. ¡Oh, Dios, madre mía! ¿Nos veremos otra vez? ¡Oh, VEN si puedes! Mis ropas están en un estado tan horrible y me siento tan mal...". Lo encontraron en Baltimore, delirando, tirado en el suelo, vestido con las ropas que él mismo describió. En el hospital donde lo encerraron, cuentan que no paraba de susurrar el nombre de su esposa y de alguno de sus personajes. Murió tres días después, el 7 de octubre, a causa de una "inflamación cerebral", según los periódicos de la época.

Lo enterraron un día después, su cadáver metido en un ataúd barato. La lápida que su primo había comprado se rompió antes de poder usarla. Asistieron a la ceremonia unos pocos conocidos, que no se dignaron ni a pronunciar unas últimas palabras. El sermón del reverendo que lo despidió duró unos escasos tres minutos.

Borges y el Nobel

Jorge Luis Borges

En octubre de 2010, poco después de saberse ganador del Premio Nobel, Mario Vargas Llosa dijo a un periódico de su país: "Me da vergüenza recibir el premio que no le dieron a Borges". Efectivamente, el escritor más importante del siglo XX nunca fue honrado con una merecida recompensa por su trabajo. Fueron años esperando un galardón que nunca llegó. Según el investigador Alejandro Vaccaro en El señor Borges, cada mes de octubre, ante una nueva decepción, con los periodistas en la puerta, decía:

-Si me lo dan sería inmerecido. Pero yo quiero que me lo den.

Para comprender la injusticia de un jurado que no le fue favorable, hemos de remontarnos al año 1964, cuando acudió a una cena con escritores suecos en la ciudad de Estocolmo. Artur Lundkvist, uno de los invitados, recitó un poema, y el escritor argentino, por lo bajo, lo ridiculizó ante los comensales. Lundkvist, que acabó enterándose de todo, se convirtió años después en uno de los miembros más influyentes de la Academia Sueca. Y por si esto fuera poco, acabó sumándose un segundo motivo: una visita a Chile en los tiempos de Augusto Pinochet. El crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, en su biografía autorizada, explica que en 1976 “ya había sido elegido a medias con Vicente Aleixandre, el poeta surrealista español, para el premio Nobel, cuando una visita intempestiva a Santiago de Chile, para aceptar una medalla de Pinochet, decidió a la Academia a borrar cuidadosamente su nombre”.

Borges recibió un Doctorado Honoris Causa de manos del dictador más sanguinario de Sudamérica. Y para más inri, su discurso aquel 22 de septiembre fue éste:

Yo declaro preferir la espada, la clara espada a la furtiva dinamita […] Mi país está emergiendo de la ciénaga, creo con felicidad […]. Ya estamos saliendo, por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esa ciénaga. Y aquí tenemos: Chile esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada.

El mismo día, en Estados Unidos, la policía secreta del régimen eliminaba a Orlando Letelier, antiguo canciller del gobierno de Allende. Una excusa para Lundkvist, que en 1980 diría: "La Academia Sueca nunca le dará el Nobel a Borges". Cinco años después, reconciliado con la derrota, éste afirmaría en una entrevista:

La inteligencia de los europeos se demuestra por el hecho de que jamás me hayan dado el Premio Nobel. ¿Sabe usted por qué? No hay escritor más aburrido que yo. Es una gran equivocación que la gente me lea, porque ni a mí mismo me gusta lo que escribo y por eso ni yo mismo me leo, nunca me he leído. Todo lo que he escrito, todo, no pasan de ser borradores; ¡borradores!, papeles sueltos. No entiendo a las personas. Y por ejemplo en esta biblioteca que usted ve ahí, no tengo libros míos. ¿Para qué?

Según Alicia Jurado, amiga de Borges, "lo importante no es tener el Nobel, sino merecerlo". Yo, con toda sinceridad, estoy de acuerdo con ella.

Radiografía del papa Francisco

El papa Francisco y la bandera Argentina

Desde el primer momento, cuando el público acogió con sorpresa al primer pontífice americano de la historia, el papa Francisco ha dejado frases que definen perfectamente su ideología y su manera de actuar dentro de la Iglesia. El siguiente vídeo es un repaso a sus primeros días en el Vaticano y, a la vez, la descripción de una personalidad humilde.


Frases de Groucho Marx


Suele decirse que Groucho Marx se hizo famoso diciendo lo que los demás no se atrevían a decir. Éstas son sus mejores frases, algunas escritas por sus guionistas para las películas o bien salidas directamente de su imaginación.

-El gusto es suyo. (Tras presentarse a una mujer)

-Nunca olvido una cara, pero con la suya voy a hacer una excepción.

-Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no les conozco muy bien. (Antes de un discurso)

-Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, y detrás de ésta, su esposa.

-¿Que por qué estaba yo con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho, me recuerda a ti más que tú.

-¡Brindemos por nuestras novias y nuestras esposas!... ¡Que no se encuentren nunca!

-Siempre salgo con dos mujeres. Detesto que las chicas vuelvan a casa solas.

-¿Quiere usted casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta.

-¿No es usted la señorita Smith, hija del banquero multimillonario Smith? ¿No? Perdone, por un momento pensé que me había enamorado de usted.

-Cásate conmigo y nunca más miraré a otro caballo. 

-Siempre me casó un juez: debí haber exigido un jurado.

-Si las mujeres se vistieran para los hombres, las tiendas no venderían demasiado. A lo sumo un par de anteojos de sol cada tanto tiempo.

-Recordad que estamos luchando por el honor de esa mujer, lo que probablemente es más de lo que ella hizo jamás por sí misma.

-Recuerdo perfectamente la primera vez que disfruté del sexo. Todavía conservo el recibo.

-El verdadero amor sólo se presenta una vez en la vida... y luego ya no hay quien se lo quite de encima.

-Solo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Y si responde "sí", sabes que es un corrupto.

-¿Pagar la cuenta? ¡Qué costumbre tan absurda!

-Hoy no tengo tiempo para almorzar. Traiga la cuenta.

-Yo no soy vegetariano, pero como animales que sí lo son.

-Oiga mozo, ¿y no sería más fácil que en lugar de intentar meter mi baúl en el camarote, metiera mi camarote dentro del baúl? 

-No mire ahora, pero en esta habitación sobra alguien... y me parece que es usted.

-Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.

-Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo.

-La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.

-La humanidad, partiendo de la nada y con su sólo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria.

-Inteligencia militar son dos términos contradictorios.

-La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música.

-Un hombre siempre tiene los pies en el suelo... hasta que lo cuelguen.

-¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero! ¡Pero cuestan tanto!

-Cuando muera quiero que me incineren y que el diez por ciento de mis cenizas sean vertidas sobre mi empresario.

-¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?

-Si sigues cumpliendo años, acabarás muriéndote. Besos, Groucho. (Felicitación de cumpleaños a un amigo)

-No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo.

-He disfrutado mucho con esta obra de teatro, especialmente en el descanso.

-No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo sea. En cualquier caso me he ganado la vida muy bien durante una serie de años haciéndome pasar por uno de ellos.

-Todo lo que soy se lo debo a mi bisabuelo, el viejo Cyrus Tecumseh Flywheel. Si aún viviera, el mundo entero hablaría de él. ¿Que por qué? Por que si estuviera vivo tendría ciento cuarenta años.

-No reírse de nada es de tontos; reírse de todo es de estúpidos.

-La próxima vez que le vea, recuérdeme no saludarle.

-Estuve tan ocupado escribiendo la crítica que nunca pude sentarme a leer el libro.

-El otro día me encontré con dos leones y los sometí... a una serie de ruegos y llantos. 

-Citadme diciendo que me han citado mal.

-Éstos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.

El manifiesto

Retrato de Charles Baudelaire

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